domingo, 4 de octubre de 2009

Wonderland


Llegamos a su apartamento lleno de bolsas. Tenía tiempo sin darme un cariñito así que decidí ir a comprare unas cuantas cosas. Él decidió acompañarme después de una tarde de métodos persuasivos; las compras no era lo suyo. Lo mío tampoco, pero no había otro modo de conseguir ropa, además utilice todo mi poder para que él se comprara unas cositas también. A regañadientes.

No entendía nuestra relación. Desde que empezamos a hacer “amigos” habíamos cruzado unas cuantas veces el limite entre “amistad” y “algo mas” con besos, unos menos inocentes que otros, pero aún no decidíamos que éramos realmente. Él no se veía con nadie y yo tampoco. Él me celaba discretamente y yo odiaba que cualquier niñita lo observara como una modelo a un pedazo de chocolate. A veces lo atrapaba mirándome fijamente mientras en la cocina intentaba sin resultados enseñarle a no quemar los espaguetis. A veces me atrapaba viéndolo fijamente cuando él con la miraba fija en el televisor me explicaba un montón de cosas acerca del béisbol que yo pretendía entender. Otras veces nos atrapábamos mirándonos mientras intentábamos unir dos palabras en una conversación de la cual ninguno se acordaba.

Empecé a revisar mis compras. Me encanta el olor de las cosas nuevas. Sus escasas bolsas estaban en el sillón, exactamente como cuando entraron al apartamento. Yo, mientras, sacaba una y otra blusa y un minivestido en color guayaba que me había matado. El me observaba, con la cara de “que niña eres”. La misma cara cuando veía mi expresión al ver a Johnny Depp en una de nuestras tantas tardes de películas. Yo me emocionaba mas para poder disfrutar de su expresión desaprobatoria.

- ¿Por qué no modelas para mí? – me soltó de repente.
- ¡Lo haré si tu lo haces! – lo desafíe.
- ¿Qué puede tener mi ropa de interesante? – protestó – lo mío son camisas para el trabajo: negras, blancas y azules. En cambio las tuyas son coloridas y acompañados de un montón de accesorios y tu cuer…
- ¿Mi que? – le pregunté (ya sabía como terminaba esa frase).
- ¿Vas a modelar para mi o que? – me preguntó con voz fuerte y dominante.
- Ok, un show de “ve y no tocar” ¿Queda claro? – le respondí.

Su mirada desaprobatoria otra vez. Me lleve todas las cosas a su cuarto y empecé a probarme todas las compras. Camisas, shorts, pantalones y lentes coloridos. Deje para el final mi vestido guayaba. Era como el traje de novia de mi paupérrimo desfile de modas.

Notaba su mirada deseosa cada vez que salía del cuarto con una nueva combinación. Él no se daba cuenta, pero sus manos se movían temblorosas en el brazo del sofá, y cada cinco segundos pasaba las manos por su frente. No creo que la excitación sea por la ropa que le modelaba, sino porque yo cada cinco minutos me encontraba desnuda en su cuarto, tras una puerta sin seguro. Tal vez me hizo hacer esto para ver si tenía las suficientes agallas para irrumpir en su habitación y tomar lo que realmente quería. Juro que cuando iba a hacer el cuarto cambio de ropa, sentí que se levantó del sofá.

Ya nada mas faltaba mi hermosa prenda color guayaba. Un minivestidos que apenas tapaba mi derrier y unos milímetros más. Esto lo mataría, sin duda. Me quite el sostén para que no hiciera ruido a mi prenda predilecta del día. No se por qué, pero antes de salir tomé fuertes bocanadas de aire para relajarme. Quería que todo fuese perfecto. Quería que él no tuviera más remedio que posar sus labios en otro sitio de mi cuerpo que no fuera mi boca. Quería sentir sus manos moviéndose, no estáticas alrededor de mi cintura.

Ok. Allá voy.

Cuando cruce los escasos dos metros que nos separaban de la habitación a la sala, su mirada tal vez hizo lo que deseaba que hicieran sus manos y su boca. Una mirada tan poderosa que provocó corrientes eléctricas en cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.

- ¿Qué te parece? – le pregunté con cuidado de no balbucear.
- Es muy lindo - respondió (balbuceando).
- ¿Verdad que si? No veo la hora de estrenarlo – le dije tratando de no mirarlo a los ojos.
- La tela se ve muy suave – me dijo.
- Si, es súper suave – le respondí (balbuceando)
- ¿Puedo acercarme a sentir… la tela? – me preguntó.

Tal vez mis ojos cobraron vida y le dijeron que si, porque mi boca estaba dormida. Él se levantó del sofá y se acercó lentamente, no quedaron ni cinco centímetros de separación entre nosotros. Empezó tomando los tirantes del vestido, pasó sus dedos índices por ellos. Luego sus manos se abrieron y cubrieron mis senos. Los sintió libres de su armadura (el sostén reposaba en su cama) y me miró y sonrió. Siguió bajando sus manos, pero su cuerpo también descendía, pasó sus manos hacía mi espalda y tomó mi trasero, con una firmeza que decía “Sabes que son mías, no te atrevas a resistirte”. Me arrastró hacía el sofá, yo de pie y él sentado en su trono. Volteó su mirada hacia mi cara. Sus manos no se movían de la parte baja de mi espalda. Sonrió y me dijo: “Eres hermosa, ¿Lo sabías?”. Yo no podía responder. El poder sobre mi cuerpo estaba entumecido, así que mis labios no podían pronunciar palabra alguna. De un momento a otro, me acerco mas hacía él. Posó su frente en mi vientre y dedicó un tiempo a inhalar fuertemente. Sus manos empezaron a bajar un poco mas para conocer en ruedo de mi vestido. Otra vez sus índices hicieron una aparición en solitario. Se movían de un lado a otro jugando con el borde del escaso pedazo de tela, el cual desearía que no existiese en ese momento. Muy lentamente, el resto de sus dedos se unieron al jugueteo.

Sus dedos empezaros a aventurarse en el espacio entre mi piel y la tela guayaba. Ya tenían contacto directo con el territorio que había declarado suyo hace instantes. Empezaron a subir un poco mas y se encontraron con los tirantes de mi tanga (tan húmeda que juro pude hacerme deshidratado). Sus dedos tomaron los delgados trozos de tela y estos se enredaron entre ellos. Mis manos inconscientes se posaron en la coronilla de su cabeza y mis dedos jugaban con su cabello. Noté como su respiración se aceleró.

De pronto, enderezó su cabeza y posó sus labios en mi vestido, justo el área que cubría el grial que se había resistido a descubrir hoy. Mis manos cayeron desmayas en los laterales de mi cuerpo. Él volvió a apoyar su frente sudorosa en mi vientre. “Eres mía ¿Verdad? No tengo que invadir tu cuerpo para saber que eres mía”, me dijo mientras sacaba sus manos del interior de mi vestido, y acomodaba el ruedo sólo para volver a ponerlas en mi trasero. Volteó su mirada hacía mis ojos en busca de una respuesta. Yo sudaba igual que él.

Tomé sus manos y lo hice levantarse del sofá. Él cerraba los ojos, avergonzado de su expuesta excitación. “Abre los ojos por favor”, le demandé. El lo hizo mientras yo guiaba sus manos hacía mi espalda. Cuando las ubiqué en mi cuerpo, las mías se dirigieron a su cuellos. Lo acerque hacía mi con un beso. Ninguno de los que nos habíamos dados había sido tan “culpable”. Me di la libertad de probar todos los interiores de su boca. Él hizo lo mismo. Nos besamos como nunca antes. Sentía su miembro expuesto rozando furiosamente exactamente el trozo de tela donde había posado sus labios. Nuestros labios se fueron desacelerando, mientras me separaba lentamente de él y lo miraba a los ojos.

“Si eres mía”, me dijo.


(Imagen: "Blossoming Spring" By PirateStar01 http://www.deviantart.com/)

lunes, 8 de junio de 2009

Esclavo. Como siempre.


Él estaba sentado en la silla del balcón. Tal vez esperando que ella llegara. Al atardecer, como siempre.

De pronto, él se levanta sobresaltado. Se dirige a la puerta y al rato se ven tras las suaves cortinas como se dan ese profundo abrazo. Como siempre. Sus brazos alrededor de ella. Mis celos nunca podrán ser tan grandes. La muy puta le acaricia el rostro. Ese rostro que hace cinco días se despertó conmigo. Cubierto del rocío que nos había dejado la ardiente noche juntos.

Llevaba meses persiguiéndolo. Me encantaba que se hiciera el indiferente. Conseguí su teléfono y hablamos. Le pedí que fuéramos amigos y lo invité a mi casa a comer. Él aceptó y esa misma tarde pasó por mi casa y llevó una botella de vino. Le preparé una cena deliciosa. Cuando llegó lo invité a pasar a la sala, tomé el vino que me trajo y lo guarde en la nevera y le ofrecí una copa del que ya tenía enfriando. No se cómo pasó, pero no pude evitar robarle un beso. Él me respondió y de hecho, me tomó la cara con sus gruesas manos y me beso, creo que mucho mas profundo de lo que lo hace con ella. Empecé a quitarle la chaqueta y él, se unió en el ritual de desvestirme.

El esclavo y el amo. Me apretó una muñeca contra la otra y sentí como me lo hacía indecorosamente. Me pedía que le gritara cosas. Yo le obedecía y le agregaba los gemidos que me regalaba. Mi amarga obsesión desde hace meses, ahí estaba proporcionando algo que no pedí con las palabras, pero que tampoco hacía falta gastar saliva en algo que estaba a la vista. Lo sentí cada vez mas profundo, mas intenso…

Sus manos se apoyaron en mi espalda. Buscaba el apoyo para sus piernas que temblaban más y más. Se acercaba el fin de la noche y el principio del todo. Nuestros cuerpos se llenaban de orgasmos y de nervios cansados, pero satisfechos. De humedad. De calor. De arrepentimiento, tal vez (él, por supuesto). Cuando nuestros cuerpos volvieron en sí, busqué sus labios, pero los de él no querían saber nada de los míos. No pude contener dos lágrimas de dolor en mis mejillas. Él se vistió y se fue, con pedazos de mi corazón. Y en el medio de mi sala estaba, debatiéndome entre el amor y el odio de los restos de su sudor.

Pasó como unas dos semanas. Estaba frente a mi ventana, como siempre. ¿Por qué no se asomaba? Lo hacía todos los días antes de nuestro confuso encuentro. Necesitaba siquiera el simple dolor de verlo tan cerca, sin poder tenerlo. Necesitaba mantener mis emociones dirigidas a él. Esperen. De nuevo veo su sombra pasearse por las cortinas. El desagradable sabor de este amargo amor no correspondido me llenaba de vida otra vez. ¿A dónde irá?

Pasaron como cinco minutos cuando escucho mi puerta. Era él. Y otra vez estábamos. Amo y esclavo. Todo ocurrió como la primera vez. Cuando terminó sólo dirigí mi mirada a la ventana, tratando de defenderme de la envestida dolorosa que me resultaba no despedirme de sus labios. Pero esta vez, él tomó mi rostro entre sus manos otra vez, y un simple roce se convirtió en la gloria para mí. Me dijo: “La próxima vez te aviso”.

Y con las mismas se levantó, se vistió y se fue.

Y así fue. El del teléfono se convirtió en mi sonido favorito. Venía de vez en cuando, en lo que salía del trabajo. En la nevera siempre tenía una botella de aquel vino que trajo. Nunca terminábamos de tomarnos la botella.

Hace cinco días que no viene. No sé cuanto tiempo seguirá tapando esto. Ella sigue enamorándose de él. No la culpo. Pero la odio. Yo también quisiera pasar mis manos por su rostro sin tener que esconderme. Esconder lo que siento. Esconder lo que ambos somos. Dos hombres que se aman, que quieren estar juntos, pero que el miedo no lo permite.

Seguiré esperando. Mientras el esté sentado en la silla de su balcón. Esperando a que ella llegué. Para seguir mintiéndole, mintiéndose. Al atardecer, como siempre.
(Imagen: "Longing" By Aenkill www.deviantart.com)

lunes, 18 de mayo de 2009

¿Inocencia?


Ahí estaba. En el primer pupitre de la fila del medio. Con su mirada puesta en el pizarrón. Alejada de todo el bullicio que producían sus compañeros. Ahí estaba. Con el mismo uniforme que el resto de las chicas, pero con su cuerpo único, incomparable, que me había hecho caer en sus manos. Me hacía sufrir, abría disimuladamente las piernas cuando inevitablemente tenía que pararme en el medio del pizarrón para explicar algún ejercicio. Me dejaba ver una lo que quedaba de la inocencia que le había robado. Aquel día cuando le dije se quedara después de la clase para discutir un examen en el que había salido terriblemente mal. Cuando se fueron sus compañeros, se acercó a mi escritorio y se abalanzó sobre mí y sin temor me robó un beso. Yo no pude detenerla. El fuego de su falda me arropó por completo y la hice mía, sin importarme el peligro de la puerta del saló que había quedado sin seguro…

La ve como si fuera a comérsela. ¿No puede disimular un poco? Desde que somos amigos yo he estado loco por ella, porque no realmente sobresale entre las demás. No le importa que la gente la juzgue por ser como es. Ella nació para desear y ser deseada por los demás. Hombres y mujeres. La cabeza me da vuelta cuando pienso en todos esos besos que ha robado a sus amigas, esas que tienen novio, pero aún así no pueden resistir a la droga que es ella. Ahora la veo sentada allá, en el pupitre de la fila del medio, en un maldito juego de intercambio de miradas sádicas de las que yo sólo estoy consciente. Mostrando una inocencia que no posee. A veces da vuelta a su cabeza y me lanza flechazos con sus ojos color miel, como diciéndome: “Tranquilo, es sólo un juego y ya”. Se que es sólo un juego, pero no puedo evitar odiar el no tenerla para mí solamente, odiar que alguien mas profane su cuerpo…

Cada vez que la veo volteando hacía tras, quisiera olvidarme de mi ética profesoral y hacerle la vida imposible al blanco de esas miradas. Cuando ella me mira, sus ojos sólo delatan el placer de una niña y su juguete preferido. Un juguete que se ha vuelto mas como un esclavo. Pero ¿Cómo no serlo? En toda mi vida jamás fui tan adicta al sudor de alguien. Ella me atrapó en su colección de muñecos, todos los que hemos pasado por sus labios, por sus manos. Todos los que hemos probado su sabor único.

Sé que me ama. Se que soy la única persona con la que no jugaría. Pero su incontrolable deseo nos separa, porque ella dice que no puede engañarse de esa manera, que no puede estar sólo con alguien cuando la piel de los demás la llama sentir. ¿Qué será lo que ella tiene que nos mantiene de cabeza? Es como la lujuria encarnada…

Sé que no me ama. Se que solo soy una mas del montón. Una pieza más de sus objetos. Y su incontrolable deseo me ha quitado la razón, la voluntad para resistirme a esto que jamás terminará. Ni bien ni mal. ¿Cómo una falda me ha hecho perder el control de la mía? Arriesgo mi carrera por algo que no me llevará a ninguna parte, sólo a humedecer mi panty una o dos veces a la semana…

…Su cuerpo no es de nadie, pero se que su corazón es mío.
…Puedo tenerla mil veces, pero jamás será mía.


domingo, 19 de abril de 2009

Dedos de seda


La soledad inundaba mi casa. Yo acababa de llegar del trabajo cansada, con el objetivo de darme un baño, tomarme una taza de té continuar con el libro que hace dos semanas empecé y sobre todo escuchar el silencio que tanto agradecía después de atravesar todo el bullicio de esta desastrosa ciudad. La soledad de mi casa era mi único remedio para no colapsar. Estaba a punto de llamar a mi amante de turno, que con sus increíbles movimientos lograba quitarme la tensión de todo un día, pero el sólo pensar en buscar lencería fina para esperarlo me hizo desistir de la idea.

Después de salir de la ducha me dediqué a colocarme ese montón de cremas y aceites que compré hace meses para mantener la piel suave. Las coloqué todas en el orden de cómo iba a ponérmelas en la mesita que se encontraba al lado de mi espejo cuerpo completo. Me quite la bata de baño, y empecé con mi olvidado tratamiento de belleza.

A medida de que me la colocaba, mi piel se tornaba suave, brillante, y mis manos cada vez se deslizaban con mayor facilidad. Me dedique a contemplar un rato lo deseoso que se veía mi cuerpo en ese momento. Noté como de pronto empecé a transpirar, como mi respiración se hacía más rápida. Creo que mi piel abrió la puerta de uno de los momentos de aislamiento que más disfrutaba. Acto seguido, aproveché la suavidad de mis dedos en ese momento para deslizarlos dentro y hundirme en mi momento de placer, solo para mí, para nadie mas. ¿Egoísta? Algo, si…

Cerré mis ojos, y sentía mis cómo mis manos cobraban voluntad propia y me regalaban aquel momento de lapsus libidus. Ahí, paraba ante el espejo, ofrecía ese espectáculo de gemidos a mi único espectador, mi reflejo. Terminé con mis piernas desmayadas, apoyada de la mesa que sostenía todas mis lociones. Sentí mis músculos relajados, cómo si me hubiese saltado la jornada diaria por varios días. Una vez más agradecí encontrarme sola después de más de 12 horas estresantes.

Siempre habrá un amante que te bese como nunca te han besado y que te enloquezca con sus técnicas a la hora de “amar”, pero no existirán jamás manos que te toquen mejor que las tuyas.


(Imagen: "satin lips" By Valeriusana http://www.deviantart.com/)

sábado, 11 de abril de 2009

Poseídos, conectados...


Estábamos en medio de una gran pelea. Él gritaba, yo gritaba. Cómo dos necios queríamos imponernos, pero en medio del alboroto no podíamos escuchar ni nuestros propios argumentos. Estaba tan cegada que ni me acuerdo cual era la razón de la riña. Los gritos se hicieron más fuertes. Los gestos más violentos. La razón se había escapado de la habitación esperando que nosotros encontráramos una solución a todo aquello.

En un momento, creo haberle dicho algo que realmente lo molestó, porque me tomó por un brazo tan fuertemente, que sentía sus dedos fundirse con piel. Por un instante creí que otro ser había poseído su cuerpo. Desconocido, furioso, con la única meta en mente de verme, no sé, tal vez herida, humillada. Extrañamente, la única sensación que esperaba en ese momento no se manifestó, otro sentimiento estremeció mi cuerpo, como si un segundo ser tomara mi lugar hambriento de algo a lo que no estoy acostumbrada. Estábamos, ahí, los dos, dominados por un poder mas fuerte que la razón, con un ardor fuera de lo normal.

Me soltó el brazo y se apartó, todavía con esa mirada endemoniada en el rostro. Me miraba cómo si encontrara en mis ojos un espejo donde se reflejaba el mismo deseo incontrolable, sucio, sádico, humillante. Inconscientemente volví a gritarle y llegué al punto que no sabía si en realidad estaba juntando las letras correctamente. Gritaba y gritaba. Demandando no sé qué…

Creo que el obedeció a una orden que venía no de mis gritos, sino de algo más allá que me obligaba ser, hacer y querer algo que jamás había sido, hecho ó querido. Me tomó nuevamente, esta vez por ambos brazos y me arrojó al suelo y de ahí no es mucho lo que recuerdo…

La tenía allí, a mi merced, nunca en mi vida había visto alguien así, con tanto fuego por dentro. La conciencia, la razón, la moral y todo la que la pudo detener antes habían abandonado su cuerpo. Pedía ser castigada, ser humillada. Le quité la ropa sin importarme si se rompía o no. La arrodillé ante mí y la “obligue” a chuparse todo mi pene. La jalaba del cabello hacia mí…

Lo chupaba violentamente. Su sabor era indescriptible. Lo mordía suavemente a veces…

Sentía sus dientes mordisqueando. Cuando estaba por acabar ella intentó sacárselo de la boca, pero yo la forcé a tragárselo todo. Tampoco se quejó mucho. Cuando terminó me arañaba la cara, el pecho, las piernas, como pidiendo más y más. En un momento me encontré entre sus piernas, saboreándome todo lo que salía de ella. Su pieza única de sabor agridulce.

Sentí su lengua entre mis piernas. La movía mejor que cuando está en mi boca…

Me deleité con la humedad que me avisó que ella había acabado. La dejé descansar por unos segundos y me volví a apoderar de ella. Sin previó aviso, la penetré como lo quise haber hecho con mi lengua. Sentí lo mas profundo de su cuerpo y ella trataba de zafarse, no de mí, sino de lo que se había convertido. La atraía hacia mí con el deseo de llegar más allá. Su cuerpo se sacudía de placer, pero también luchaba por salir de ese mundo en el que habíamos quedado atrapados. Yo la volví a jalar del cabello y esta vez ella respondió y empezó a tirar de los pequeños mechones que salían de mi cabeza y como vio que no tenía el resultado que quería, me mordía en donde la posición que teníamos le daba acceso. Esos mordiscos producían electricidad en cada uno de los nervios de mi cuerpo.

Le mordía la piel, tratando de que parara, aunque esa fuerza impedía que me desistiera…

Sentía como el volcán que estaba entre nosotros se preparaba para explotar en cualquier momento. Me tomé un poco de la cordura que había tirado a la basura instantes atrás. La miré a los ojos y descubrí que ella miraba a los míos, nos encontramos en un momento mínimo de arrepentimiento, pero inconcientemente sabíamos que no quedaba otro remedio que terminar todo aquel goce desastroso. Nos rendimos ante la explosión del volcán y sentí como nuestros cuerpos se desmoronaban cansados, sudorosos, corruptos…

Las piernas aún me temblaban cuando todo aquello terminó. De toda la gritería anterior no quedaba ni rastro. Los dos recogimos nuestras ropas y nos vestíamos en el más incómodo silencio. El trató de besarme, pero en este momento, ningún gesto legítimo de cariño o amor, mi cuerpo estaba dispuesto a asimilar.

Los dos nos sentamos uno al lado del otro, tratando juntar nuestras mentes para comprender de alguna manera todo lo que había pasado, pero ninguno mencionó palabra alguna. “¿Esto lo arruinaría todo?” me preguntaba.

“No, no lo arruinara”, pensé.
(Imagen: "Passion" by lydia1993 www.deviantart.com)

miércoles, 25 de marzo de 2009

MILF.


Estaba en la casa de mi amigo Guillermo. Habíamos trabajado toda la noche en un trabajo para la universidad y nos acostamos ya cuando el sol salía, pero yo no podía dormir, en cambio Guille se rindió a los cinco segundos de poner la cabeza en la almohada. Escuche afuera de la habitación como salía la hermana y el papá, a estudiar y trabajar respectivamente, y la señora de la casa arreglaba la cocina mientras veía uno de esos programas donde la gente va a contar sus problemas y se caen a coñazos. Nunca le he dicho esto a mi amigo, pero su mamá para haber pasado los 40 se veía muy bien. Cada vez que la veía me recordaba a Samantha Jones de Sex and the City, además tenia un estilo increíble para vestirse, era completamente abierta y moderna para hablar frente a sus hijos de los temas mas tabúes que se puedan imaginar. La mujer perfecta diría yo.

Seguía dando vueltas en la cama mientras veía a Guillermo babear como un perro la almohada. Me dí cuenta de que era inútil. Mis ojos no se cerrarían por nada del mundo, así que decidí salir del cuarto, tal vez para hablar con la señora acerca de, no sé, lo que sea.

Salí del cuarto y me dirigí hasta la cocina, y ahí estaba ella, con una franelilla y un mono a juego que hacía ver sus hermosas curvas que serían la envidia de cualquier modelo oxigenada. Tenía su cabellera castaña recogida con una cola, un castigo para mi, porque dejaba expuestas las pecas que le adornan los hombros y una pequeña rosa tatuada en el lado derecho.

- ¡Buen día! – rompí el silencio de mi momento vouyerista.
- ¡Hola! ¿Cómo amaneciste? – me dijo amablemente.
- Despierto – le contesté.
- ¿No has dormido nada? – Preguntó preocupada - ¿Quieres que te haga un té y así duermes un ratito?
- No gracias – respondí – de todos modos tengo que irme dentro de un rato.
- Ok. Por lo menos déjame ofrecerte algo de comer. ¿Qué prefieres? ¿Jugo? ¿Café? – me dijo.
- (“A usted”, pensé) Un vaso de jugo estará bien, gracias – le respondí.

Empezó a prepararme un desayuno y se movía de un lado a otro. Abría la nevera y a cada rato se inclinaba para agarrar los ingredientes que necesitaba del cajón de abajo. Y yo feliz. También hablaba de lo que le molestaba ese programa que estaban pasando en ese momento, pero que no tenía otra opción porque tenía problemas con el cable. Y yo solo asentía, y le daba respuestas automáticas. Ella me sonreía siempre y yo me sentía tan mal de querer arrancarle la ropa a pocos metros de mi amigo, pero era inevitable. De pronto, me dijo: “Listo cariño, ven a la mesa”.

Cuando me levante del banquito donde estaba, noté que ella dirigió su mirada a mi entrepierna. Bajé la mirada y note cómo quedaba expuesto mi deseo con una erección de campeonato. No me dio tiempo ni de sonrojarme, pues ella me jaló de la mano y me pegó con fuerza en la puerta de la misma nevera de donde había sacado los ingredientes de mi sándwich. Deslizó mi pantalón hacía abajo y con una mirada hambrienta empezó a darme un oral a mi pene como jamás me lo habían dado. Lo sacaba y lo metía en su boca repetidamente. También le daba chupadas fuertes, pero también paseaba la punta por sus dientes, como con ganas de intimidarme, y yo sudaba de placer y de miedo (esperaba que Guillermo siguiera humedeciendo la almohada).

Cuando estaba ya punto de acabar ella se dio cuenta, porque se lo sacó de la boca al mismo tiempo que yo la llenaba de fluidos en la cara, en el pecho, y de nuevo, en la boca. Había llegado al cielo con esa imagen enfrente. Ella se limpió y me dijo: “Gracias. Tenía tanta hambre. Ahora tú siéntate a comer”.

Me senté a comer y cuando estaba por terminar salio Guillermo del cuarto se sentó en la mesa, todavía con esa cara de sueño. Ella le sirvió la comida mientras le preguntaba de nuestro trabajo. Él hablaba y hablaba y por momentos me preguntaba cosas, yo le respondía con monosílabos y sin verlo a la cara, no podía. El terminó su desayuno y dijo que iba a bañarse. Y yo me quedé solo otra vez con la señora de la casa. Me dijo: “Él tiene que salir por la tarde, ¿Por qué no te pasas por aquí y me das de comer otra vez?

“¡Si!”. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era algo de un rato y no lo volvería hacer, Guillermo era mi amigo y no podía hacerle eso.

Tres semanas después…

- Guillermo se va de viaje con su papá y su hermana a la casa de su abuela, ¿Te parece que nos encontremos en el hotelito de la otra vez?

¿Qué les puedo decir?La carne es débil señores.

(Imágen: The Noose. By ForBlueBlueSkiies http://www.deviantart.com/)

domingo, 22 de marzo de 2009

Entre lo dulce y lo amargo.


Estaba sudando más de lo normal. Acabábamos de salir del club al que me obligó a ir con todos sus compañeros de clases. Uno de esos locales en donde tú pinta tiene que sobrepasar el sueldo mínimo. No se que se me metió es anoche o era la bebida o la música barata pero pegajosa, pero mis piernas desobedecieron a mi cerebro y se entregaron a la danza pre-coito que el destino me había preparado.

Cuando él se despidió de sus amigos, nos dirigimos hacía el carro y una de sus amigas le pidió la cola. Yo no me opuse porque durante la noche estuve hablando con ella y me había caído muy bien. De hecho ella me comentó que tampoco le gustaban mucho esos sitios, pero que a veces era imposible no entregarse al ritmo propio de esos lugares. Entramos y puso el aire acondicionado y una música relajante (supongo que para que nuestros oídos se limpiaran de aquellos sencillos de radio, de esas canciones de novela). Empezó a preguntarnos si la habíamos pasado bien y yo entre dientes dije: “Si”. Como odio tener que retractarme de mi griterío de las seis de la tarde cuando me negaba “rotundamente” a acompañarlo a pulir la hebilla. Ella en la parte de atrás permanecía callada. Se sonrió satisfecho, orgulloso de siempre doblegarme ante sus pedidos.

“La venganza es dulce”, pensé.

Con el concentrado en la ruta, empecé a decirle el calor que tenía, que el vestido estaba todo mojado y que se me pegaba al cuerpo y que la ropa interior me incomodaba, y con una maniobra me quite el sostén y lo arroje a sus piernas. El bajó la mirada y sonrió y una gota de sudor bajo nació de sus espeso cabello y se deslizó por su sien. Poco a poco fui deslizando mi panty hacía abajo, la tomé y la tiré en el mismo lugar.

Él, con la mirada en el camino, temblaba y el sólo hecho de tenerme a la distancia de un vestido violeta lo hacía respirar aceleradamente. Cuando vi la vía despejada le dije: “Detente”. El frenó cual Rápido y Furioso y se acerco hacía mi, pero yo lo detuve con una mano, abrí la puerta y me senté en el asiento de atrás. Él desconcertado preguntó: “¿Qué haces?” a lo que le respondí: “Cállate y maneja, ya lo veras en el camino”. El encendió el auto y continúo manejando mientras me enredaba con su amiga en un maratón de besos que subieron la temperatura del carro a pesar del aire acondicionado. Mi amante improvisada quizás me leyó la mente y se unió conmigo al juego, tal vez porque en verdad disfrutaba de eso y ya estaba acostumbrada a compartir fluidos con otra fémina o simplemente complicidad en mi deseo de “vengarme” de mi hombre que mientras manejaba con los ojos abiertos como platos casi nos mataba porque perdía cada cinco segundos el control del carro.

Narrar todo lo que pasó en el asiento trasero camino a su casa es castigar a la imaginación, aunque no hay que ser muy sabios para entender que las dos no olvidamos por momentos de mi tácito plan para empaparnos en lo que sentíamos al probarnos una a la otra y que tuviéramos un espectador que lejos de estar molesto, disfrutaba de todo aquello y si se puede, mas que nosotras.


Cuando llegamos a la puerta de su edificio, me despedí de ella con un beso en la mejilla y cuando se apartó le guiñe el ojo, como agradeciéndole su solidaridad. Ella se despidió del “chofer” diciéndole: “Ahí te la dejo, termina tu el trabajo”.

Ella entró a su edificio mientras él bajaba del carro y se unía conmigo en el asiento de atrás. Me preguntó: “¿Qué fue todo eso?” y su voz delataba la emoción. Yo respondí: “Eso no fue nada. ¿No te dijo ella que terminaras el trabajo?”. Y ahí mismo, me quitó la dulzura de los labios de su amiga para darme toda esa amargura de hombre, que tanto me volvía loca.

(Imagen: "22 22 22 22 22" By bafa48 www.deviantart.com)