domingo, 22 de marzo de 2009

Entre lo dulce y lo amargo.


Estaba sudando más de lo normal. Acabábamos de salir del club al que me obligó a ir con todos sus compañeros de clases. Uno de esos locales en donde tú pinta tiene que sobrepasar el sueldo mínimo. No se que se me metió es anoche o era la bebida o la música barata pero pegajosa, pero mis piernas desobedecieron a mi cerebro y se entregaron a la danza pre-coito que el destino me había preparado.

Cuando él se despidió de sus amigos, nos dirigimos hacía el carro y una de sus amigas le pidió la cola. Yo no me opuse porque durante la noche estuve hablando con ella y me había caído muy bien. De hecho ella me comentó que tampoco le gustaban mucho esos sitios, pero que a veces era imposible no entregarse al ritmo propio de esos lugares. Entramos y puso el aire acondicionado y una música relajante (supongo que para que nuestros oídos se limpiaran de aquellos sencillos de radio, de esas canciones de novela). Empezó a preguntarnos si la habíamos pasado bien y yo entre dientes dije: “Si”. Como odio tener que retractarme de mi griterío de las seis de la tarde cuando me negaba “rotundamente” a acompañarlo a pulir la hebilla. Ella en la parte de atrás permanecía callada. Se sonrió satisfecho, orgulloso de siempre doblegarme ante sus pedidos.

“La venganza es dulce”, pensé.

Con el concentrado en la ruta, empecé a decirle el calor que tenía, que el vestido estaba todo mojado y que se me pegaba al cuerpo y que la ropa interior me incomodaba, y con una maniobra me quite el sostén y lo arroje a sus piernas. El bajó la mirada y sonrió y una gota de sudor bajo nació de sus espeso cabello y se deslizó por su sien. Poco a poco fui deslizando mi panty hacía abajo, la tomé y la tiré en el mismo lugar.

Él, con la mirada en el camino, temblaba y el sólo hecho de tenerme a la distancia de un vestido violeta lo hacía respirar aceleradamente. Cuando vi la vía despejada le dije: “Detente”. El frenó cual Rápido y Furioso y se acerco hacía mi, pero yo lo detuve con una mano, abrí la puerta y me senté en el asiento de atrás. Él desconcertado preguntó: “¿Qué haces?” a lo que le respondí: “Cállate y maneja, ya lo veras en el camino”. El encendió el auto y continúo manejando mientras me enredaba con su amiga en un maratón de besos que subieron la temperatura del carro a pesar del aire acondicionado. Mi amante improvisada quizás me leyó la mente y se unió conmigo al juego, tal vez porque en verdad disfrutaba de eso y ya estaba acostumbrada a compartir fluidos con otra fémina o simplemente complicidad en mi deseo de “vengarme” de mi hombre que mientras manejaba con los ojos abiertos como platos casi nos mataba porque perdía cada cinco segundos el control del carro.

Narrar todo lo que pasó en el asiento trasero camino a su casa es castigar a la imaginación, aunque no hay que ser muy sabios para entender que las dos no olvidamos por momentos de mi tácito plan para empaparnos en lo que sentíamos al probarnos una a la otra y que tuviéramos un espectador que lejos de estar molesto, disfrutaba de todo aquello y si se puede, mas que nosotras.


Cuando llegamos a la puerta de su edificio, me despedí de ella con un beso en la mejilla y cuando se apartó le guiñe el ojo, como agradeciéndole su solidaridad. Ella se despidió del “chofer” diciéndole: “Ahí te la dejo, termina tu el trabajo”.

Ella entró a su edificio mientras él bajaba del carro y se unía conmigo en el asiento de atrás. Me preguntó: “¿Qué fue todo eso?” y su voz delataba la emoción. Yo respondí: “Eso no fue nada. ¿No te dijo ella que terminaras el trabajo?”. Y ahí mismo, me quitó la dulzura de los labios de su amiga para darme toda esa amargura de hombre, que tanto me volvía loca.

(Imagen: "22 22 22 22 22" By bafa48 www.deviantart.com)

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