
La soledad inundaba mi casa. Yo acababa de llegar del trabajo cansada, con el objetivo de darme un baño, tomarme una taza de té continuar con el libro que hace dos semanas empecé y sobre todo escuchar el silencio que tanto agradecía después de atravesar todo el bullicio de esta desastrosa ciudad. La soledad de mi casa era mi único remedio para no colapsar. Estaba a punto de llamar a mi amante de turno, que con sus increíbles movimientos lograba quitarme la tensión de todo un día, pero el sólo pensar en buscar lencería fina para esperarlo me hizo desistir de la idea.
Después de salir de la ducha me dediqué a colocarme ese montón de cremas y aceites que compré hace meses para mantener la piel suave. Las coloqué todas en el orden de cómo iba a ponérmelas en la mesita que se encontraba al lado de mi espejo cuerpo completo. Me quite la bata de baño, y empecé con mi olvidado tratamiento de belleza.
A medida de que me la colocaba, mi piel se tornaba suave, brillante, y mis manos cada vez se deslizaban con mayor facilidad. Me dedique a contemplar un rato lo deseoso que se veía mi cuerpo en ese momento. Noté como de pronto empecé a transpirar, como mi respiración se hacía más rápida. Creo que mi piel abrió la puerta de uno de los momentos de aislamiento que más disfrutaba. Acto seguido, aproveché la suavidad de mis dedos en ese momento para deslizarlos dentro y hundirme en mi momento de placer, solo para mí, para nadie mas. ¿Egoísta? Algo, si…
Cerré mis ojos, y sentía mis cómo mis manos cobraban voluntad propia y me regalaban aquel momento de lapsus libidus. Ahí, paraba ante el espejo, ofrecía ese espectáculo de gemidos a mi único espectador, mi reflejo. Terminé con mis piernas desmayadas, apoyada de la mesa que sostenía todas mis lociones. Sentí mis músculos relajados, cómo si me hubiese saltado la jornada diaria por varios días. Una vez más agradecí encontrarme sola después de más de 12 horas estresantes.
Siempre habrá un amante que te bese como nunca te han besado y que te enloquezca con sus técnicas a la hora de “amar”, pero no existirán jamás manos que te toquen mejor que las tuyas.
Después de salir de la ducha me dediqué a colocarme ese montón de cremas y aceites que compré hace meses para mantener la piel suave. Las coloqué todas en el orden de cómo iba a ponérmelas en la mesita que se encontraba al lado de mi espejo cuerpo completo. Me quite la bata de baño, y empecé con mi olvidado tratamiento de belleza.
A medida de que me la colocaba, mi piel se tornaba suave, brillante, y mis manos cada vez se deslizaban con mayor facilidad. Me dedique a contemplar un rato lo deseoso que se veía mi cuerpo en ese momento. Noté como de pronto empecé a transpirar, como mi respiración se hacía más rápida. Creo que mi piel abrió la puerta de uno de los momentos de aislamiento que más disfrutaba. Acto seguido, aproveché la suavidad de mis dedos en ese momento para deslizarlos dentro y hundirme en mi momento de placer, solo para mí, para nadie mas. ¿Egoísta? Algo, si…
Cerré mis ojos, y sentía mis cómo mis manos cobraban voluntad propia y me regalaban aquel momento de lapsus libidus. Ahí, paraba ante el espejo, ofrecía ese espectáculo de gemidos a mi único espectador, mi reflejo. Terminé con mis piernas desmayadas, apoyada de la mesa que sostenía todas mis lociones. Sentí mis músculos relajados, cómo si me hubiese saltado la jornada diaria por varios días. Una vez más agradecí encontrarme sola después de más de 12 horas estresantes.
Siempre habrá un amante que te bese como nunca te han besado y que te enloquezca con sus técnicas a la hora de “amar”, pero no existirán jamás manos que te toquen mejor que las tuyas.
(Imagen: "satin lips" By Valeriusana http://www.deviantart.com/)

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