
Llegamos a su apartamento lleno de bolsas. Tenía tiempo sin darme un cariñito así que decidí ir a comprare unas cuantas cosas. Él decidió acompañarme después de una tarde de métodos persuasivos; las compras no era lo suyo. Lo mío tampoco, pero no había otro modo de conseguir ropa, además utilice todo mi poder para que él se comprara unas cositas también. A regañadientes.
No entendía nuestra relación. Desde que empezamos a hacer “amigos” habíamos cruzado unas cuantas veces el limite entre “amistad” y “algo mas” con besos, unos menos inocentes que otros, pero aún no decidíamos que éramos realmente. Él no se veía con nadie y yo tampoco. Él me celaba discretamente y yo odiaba que cualquier niñita lo observara como una modelo a un pedazo de chocolate. A veces lo atrapaba mirándome fijamente mientras en la cocina intentaba sin resultados enseñarle a no quemar los espaguetis. A veces me atrapaba viéndolo fijamente cuando él con la miraba fija en el televisor me explicaba un montón de cosas acerca del béisbol que yo pretendía entender. Otras veces nos atrapábamos mirándonos mientras intentábamos unir dos palabras en una conversación de la cual ninguno se acordaba.
Empecé a revisar mis compras. Me encanta el olor de las cosas nuevas. Sus escasas bolsas estaban en el sillón, exactamente como cuando entraron al apartamento. Yo, mientras, sacaba una y otra blusa y un minivestido en color guayaba que me había matado. El me observaba, con la cara de “que niña eres”. La misma cara cuando veía mi expresión al ver a Johnny Depp en una de nuestras tantas tardes de películas. Yo me emocionaba mas para poder disfrutar de su expresión desaprobatoria.
- ¿Por qué no modelas para mí? – me soltó de repente.
- ¡Lo haré si tu lo haces! – lo desafíe.
- ¿Qué puede tener mi ropa de interesante? – protestó – lo mío son camisas para el trabajo: negras, blancas y azules. En cambio las tuyas son coloridas y acompañados de un montón de accesorios y tu cuer…
- ¿Mi que? – le pregunté (ya sabía como terminaba esa frase).
- ¿Vas a modelar para mi o que? – me preguntó con voz fuerte y dominante.
- Ok, un show de “ve y no tocar” ¿Queda claro? – le respondí.
Su mirada desaprobatoria otra vez. Me lleve todas las cosas a su cuarto y empecé a probarme todas las compras. Camisas, shorts, pantalones y lentes coloridos. Deje para el final mi vestido guayaba. Era como el traje de novia de mi paupérrimo desfile de modas.
Notaba su mirada deseosa cada vez que salía del cuarto con una nueva combinación. Él no se daba cuenta, pero sus manos se movían temblorosas en el brazo del sofá, y cada cinco segundos pasaba las manos por su frente. No creo que la excitación sea por la ropa que le modelaba, sino porque yo cada cinco minutos me encontraba desnuda en su cuarto, tras una puerta sin seguro. Tal vez me hizo hacer esto para ver si tenía las suficientes agallas para irrumpir en su habitación y tomar lo que realmente quería. Juro que cuando iba a hacer el cuarto cambio de ropa, sentí que se levantó del sofá.
Ya nada mas faltaba mi hermosa prenda color guayaba. Un minivestidos que apenas tapaba mi derrier y unos milímetros más. Esto lo mataría, sin duda. Me quite el sostén para que no hiciera ruido a mi prenda predilecta del día. No se por qué, pero antes de salir tomé fuertes bocanadas de aire para relajarme. Quería que todo fuese perfecto. Quería que él no tuviera más remedio que posar sus labios en otro sitio de mi cuerpo que no fuera mi boca. Quería sentir sus manos moviéndose, no estáticas alrededor de mi cintura.
Ok. Allá voy.
Cuando cruce los escasos dos metros que nos separaban de la habitación a la sala, su mirada tal vez hizo lo que deseaba que hicieran sus manos y su boca. Una mirada tan poderosa que provocó corrientes eléctricas en cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.
- ¿Qué te parece? – le pregunté con cuidado de no balbucear.
- Es muy lindo - respondió (balbuceando).
- ¿Verdad que si? No veo la hora de estrenarlo – le dije tratando de no mirarlo a los ojos.
- La tela se ve muy suave – me dijo.
- Si, es súper suave – le respondí (balbuceando)
- ¿Puedo acercarme a sentir… la tela? – me preguntó.
Tal vez mis ojos cobraron vida y le dijeron que si, porque mi boca estaba dormida. Él se levantó del sofá y se acercó lentamente, no quedaron ni cinco centímetros de separación entre nosotros. Empezó tomando los tirantes del vestido, pasó sus dedos índices por ellos. Luego sus manos se abrieron y cubrieron mis senos. Los sintió libres de su armadura (el sostén reposaba en su cama) y me miró y sonrió. Siguió bajando sus manos, pero su cuerpo también descendía, pasó sus manos hacía mi espalda y tomó mi trasero, con una firmeza que decía “Sabes que son mías, no te atrevas a resistirte”. Me arrastró hacía el sofá, yo de pie y él sentado en su trono. Volteó su mirada hacia mi cara. Sus manos no se movían de la parte baja de mi espalda. Sonrió y me dijo: “Eres hermosa, ¿Lo sabías?”. Yo no podía responder. El poder sobre mi cuerpo estaba entumecido, así que mis labios no podían pronunciar palabra alguna. De un momento a otro, me acerco mas hacía él. Posó su frente en mi vientre y dedicó un tiempo a inhalar fuertemente. Sus manos empezaron a bajar un poco mas para conocer en ruedo de mi vestido. Otra vez sus índices hicieron una aparición en solitario. Se movían de un lado a otro jugando con el borde del escaso pedazo de tela, el cual desearía que no existiese en ese momento. Muy lentamente, el resto de sus dedos se unieron al jugueteo.
Sus dedos empezaros a aventurarse en el espacio entre mi piel y la tela guayaba. Ya tenían contacto directo con el territorio que había declarado suyo hace instantes. Empezaron a subir un poco mas y se encontraron con los tirantes de mi tanga (tan húmeda que juro pude hacerme deshidratado). Sus dedos tomaron los delgados trozos de tela y estos se enredaron entre ellos. Mis manos inconscientes se posaron en la coronilla de su cabeza y mis dedos jugaban con su cabello. Noté como su respiración se aceleró.
De pronto, enderezó su cabeza y posó sus labios en mi vestido, justo el área que cubría el grial que se había resistido a descubrir hoy. Mis manos cayeron desmayas en los laterales de mi cuerpo. Él volvió a apoyar su frente sudorosa en mi vientre. “Eres mía ¿Verdad? No tengo que invadir tu cuerpo para saber que eres mía”, me dijo mientras sacaba sus manos del interior de mi vestido, y acomodaba el ruedo sólo para volver a ponerlas en mi trasero. Volteó su mirada hacía mis ojos en busca de una respuesta. Yo sudaba igual que él.
Tomé sus manos y lo hice levantarse del sofá. Él cerraba los ojos, avergonzado de su expuesta excitación. “Abre los ojos por favor”, le demandé. El lo hizo mientras yo guiaba sus manos hacía mi espalda. Cuando las ubiqué en mi cuerpo, las mías se dirigieron a su cuellos. Lo acerque hacía mi con un beso. Ninguno de los que nos habíamos dados había sido tan “culpable”. Me di la libertad de probar todos los interiores de su boca. Él hizo lo mismo. Nos besamos como nunca antes. Sentía su miembro expuesto rozando furiosamente exactamente el trozo de tela donde había posado sus labios. Nuestros labios se fueron desacelerando, mientras me separaba lentamente de él y lo miraba a los ojos.
“Si eres mía”, me dijo.
No entendía nuestra relación. Desde que empezamos a hacer “amigos” habíamos cruzado unas cuantas veces el limite entre “amistad” y “algo mas” con besos, unos menos inocentes que otros, pero aún no decidíamos que éramos realmente. Él no se veía con nadie y yo tampoco. Él me celaba discretamente y yo odiaba que cualquier niñita lo observara como una modelo a un pedazo de chocolate. A veces lo atrapaba mirándome fijamente mientras en la cocina intentaba sin resultados enseñarle a no quemar los espaguetis. A veces me atrapaba viéndolo fijamente cuando él con la miraba fija en el televisor me explicaba un montón de cosas acerca del béisbol que yo pretendía entender. Otras veces nos atrapábamos mirándonos mientras intentábamos unir dos palabras en una conversación de la cual ninguno se acordaba.
Empecé a revisar mis compras. Me encanta el olor de las cosas nuevas. Sus escasas bolsas estaban en el sillón, exactamente como cuando entraron al apartamento. Yo, mientras, sacaba una y otra blusa y un minivestido en color guayaba que me había matado. El me observaba, con la cara de “que niña eres”. La misma cara cuando veía mi expresión al ver a Johnny Depp en una de nuestras tantas tardes de películas. Yo me emocionaba mas para poder disfrutar de su expresión desaprobatoria.
- ¿Por qué no modelas para mí? – me soltó de repente.
- ¡Lo haré si tu lo haces! – lo desafíe.
- ¿Qué puede tener mi ropa de interesante? – protestó – lo mío son camisas para el trabajo: negras, blancas y azules. En cambio las tuyas son coloridas y acompañados de un montón de accesorios y tu cuer…
- ¿Mi que? – le pregunté (ya sabía como terminaba esa frase).
- ¿Vas a modelar para mi o que? – me preguntó con voz fuerte y dominante.
- Ok, un show de “ve y no tocar” ¿Queda claro? – le respondí.
Su mirada desaprobatoria otra vez. Me lleve todas las cosas a su cuarto y empecé a probarme todas las compras. Camisas, shorts, pantalones y lentes coloridos. Deje para el final mi vestido guayaba. Era como el traje de novia de mi paupérrimo desfile de modas.
Notaba su mirada deseosa cada vez que salía del cuarto con una nueva combinación. Él no se daba cuenta, pero sus manos se movían temblorosas en el brazo del sofá, y cada cinco segundos pasaba las manos por su frente. No creo que la excitación sea por la ropa que le modelaba, sino porque yo cada cinco minutos me encontraba desnuda en su cuarto, tras una puerta sin seguro. Tal vez me hizo hacer esto para ver si tenía las suficientes agallas para irrumpir en su habitación y tomar lo que realmente quería. Juro que cuando iba a hacer el cuarto cambio de ropa, sentí que se levantó del sofá.
Ya nada mas faltaba mi hermosa prenda color guayaba. Un minivestidos que apenas tapaba mi derrier y unos milímetros más. Esto lo mataría, sin duda. Me quite el sostén para que no hiciera ruido a mi prenda predilecta del día. No se por qué, pero antes de salir tomé fuertes bocanadas de aire para relajarme. Quería que todo fuese perfecto. Quería que él no tuviera más remedio que posar sus labios en otro sitio de mi cuerpo que no fuera mi boca. Quería sentir sus manos moviéndose, no estáticas alrededor de mi cintura.
Ok. Allá voy.
Cuando cruce los escasos dos metros que nos separaban de la habitación a la sala, su mirada tal vez hizo lo que deseaba que hicieran sus manos y su boca. Una mirada tan poderosa que provocó corrientes eléctricas en cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.
- ¿Qué te parece? – le pregunté con cuidado de no balbucear.
- Es muy lindo - respondió (balbuceando).
- ¿Verdad que si? No veo la hora de estrenarlo – le dije tratando de no mirarlo a los ojos.
- La tela se ve muy suave – me dijo.
- Si, es súper suave – le respondí (balbuceando)
- ¿Puedo acercarme a sentir… la tela? – me preguntó.
Tal vez mis ojos cobraron vida y le dijeron que si, porque mi boca estaba dormida. Él se levantó del sofá y se acercó lentamente, no quedaron ni cinco centímetros de separación entre nosotros. Empezó tomando los tirantes del vestido, pasó sus dedos índices por ellos. Luego sus manos se abrieron y cubrieron mis senos. Los sintió libres de su armadura (el sostén reposaba en su cama) y me miró y sonrió. Siguió bajando sus manos, pero su cuerpo también descendía, pasó sus manos hacía mi espalda y tomó mi trasero, con una firmeza que decía “Sabes que son mías, no te atrevas a resistirte”. Me arrastró hacía el sofá, yo de pie y él sentado en su trono. Volteó su mirada hacia mi cara. Sus manos no se movían de la parte baja de mi espalda. Sonrió y me dijo: “Eres hermosa, ¿Lo sabías?”. Yo no podía responder. El poder sobre mi cuerpo estaba entumecido, así que mis labios no podían pronunciar palabra alguna. De un momento a otro, me acerco mas hacía él. Posó su frente en mi vientre y dedicó un tiempo a inhalar fuertemente. Sus manos empezaron a bajar un poco mas para conocer en ruedo de mi vestido. Otra vez sus índices hicieron una aparición en solitario. Se movían de un lado a otro jugando con el borde del escaso pedazo de tela, el cual desearía que no existiese en ese momento. Muy lentamente, el resto de sus dedos se unieron al jugueteo.
Sus dedos empezaros a aventurarse en el espacio entre mi piel y la tela guayaba. Ya tenían contacto directo con el territorio que había declarado suyo hace instantes. Empezaron a subir un poco mas y se encontraron con los tirantes de mi tanga (tan húmeda que juro pude hacerme deshidratado). Sus dedos tomaron los delgados trozos de tela y estos se enredaron entre ellos. Mis manos inconscientes se posaron en la coronilla de su cabeza y mis dedos jugaban con su cabello. Noté como su respiración se aceleró.
De pronto, enderezó su cabeza y posó sus labios en mi vestido, justo el área que cubría el grial que se había resistido a descubrir hoy. Mis manos cayeron desmayas en los laterales de mi cuerpo. Él volvió a apoyar su frente sudorosa en mi vientre. “Eres mía ¿Verdad? No tengo que invadir tu cuerpo para saber que eres mía”, me dijo mientras sacaba sus manos del interior de mi vestido, y acomodaba el ruedo sólo para volver a ponerlas en mi trasero. Volteó su mirada hacía mis ojos en busca de una respuesta. Yo sudaba igual que él.
Tomé sus manos y lo hice levantarse del sofá. Él cerraba los ojos, avergonzado de su expuesta excitación. “Abre los ojos por favor”, le demandé. El lo hizo mientras yo guiaba sus manos hacía mi espalda. Cuando las ubiqué en mi cuerpo, las mías se dirigieron a su cuellos. Lo acerque hacía mi con un beso. Ninguno de los que nos habíamos dados había sido tan “culpable”. Me di la libertad de probar todos los interiores de su boca. Él hizo lo mismo. Nos besamos como nunca antes. Sentía su miembro expuesto rozando furiosamente exactamente el trozo de tela donde había posado sus labios. Nuestros labios se fueron desacelerando, mientras me separaba lentamente de él y lo miraba a los ojos.
“Si eres mía”, me dijo.
(Imagen: "Blossoming Spring" By PirateStar01 http://www.deviantart.com/)

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