
Él estaba sentado en la silla del balcón. Tal vez esperando que ella llegara. Al atardecer, como siempre.
De pronto, él se levanta sobresaltado. Se dirige a la puerta y al rato se ven tras las suaves cortinas como se dan ese profundo abrazo. Como siempre. Sus brazos alrededor de ella. Mis celos nunca podrán ser tan grandes. La muy puta le acaricia el rostro. Ese rostro que hace cinco días se despertó conmigo. Cubierto del rocío que nos había dejado la ardiente noche juntos.
Llevaba meses persiguiéndolo. Me encantaba que se hiciera el indiferente. Conseguí su teléfono y hablamos. Le pedí que fuéramos amigos y lo invité a mi casa a comer. Él aceptó y esa misma tarde pasó por mi casa y llevó una botella de vino. Le preparé una cena deliciosa. Cuando llegó lo invité a pasar a la sala, tomé el vino que me trajo y lo guarde en la nevera y le ofrecí una copa del que ya tenía enfriando. No se cómo pasó, pero no pude evitar robarle un beso. Él me respondió y de hecho, me tomó la cara con sus gruesas manos y me beso, creo que mucho mas profundo de lo que lo hace con ella. Empecé a quitarle la chaqueta y él, se unió en el ritual de desvestirme.
El esclavo y el amo. Me apretó una muñeca contra la otra y sentí como me lo hacía indecorosamente. Me pedía que le gritara cosas. Yo le obedecía y le agregaba los gemidos que me regalaba. Mi amarga obsesión desde hace meses, ahí estaba proporcionando algo que no pedí con las palabras, pero que tampoco hacía falta gastar saliva en algo que estaba a la vista. Lo sentí cada vez mas profundo, mas intenso…
Sus manos se apoyaron en mi espalda. Buscaba el apoyo para sus piernas que temblaban más y más. Se acercaba el fin de la noche y el principio del todo. Nuestros cuerpos se llenaban de orgasmos y de nervios cansados, pero satisfechos. De humedad. De calor. De arrepentimiento, tal vez (él, por supuesto). Cuando nuestros cuerpos volvieron en sí, busqué sus labios, pero los de él no querían saber nada de los míos. No pude contener dos lágrimas de dolor en mis mejillas. Él se vistió y se fue, con pedazos de mi corazón. Y en el medio de mi sala estaba, debatiéndome entre el amor y el odio de los restos de su sudor.
Pasó como unas dos semanas. Estaba frente a mi ventana, como siempre. ¿Por qué no se asomaba? Lo hacía todos los días antes de nuestro confuso encuentro. Necesitaba siquiera el simple dolor de verlo tan cerca, sin poder tenerlo. Necesitaba mantener mis emociones dirigidas a él. Esperen. De nuevo veo su sombra pasearse por las cortinas. El desagradable sabor de este amargo amor no correspondido me llenaba de vida otra vez. ¿A dónde irá?
Pasaron como cinco minutos cuando escucho mi puerta. Era él. Y otra vez estábamos. Amo y esclavo. Todo ocurrió como la primera vez. Cuando terminó sólo dirigí mi mirada a la ventana, tratando de defenderme de la envestida dolorosa que me resultaba no despedirme de sus labios. Pero esta vez, él tomó mi rostro entre sus manos otra vez, y un simple roce se convirtió en la gloria para mí. Me dijo: “La próxima vez te aviso”.
Y con las mismas se levantó, se vistió y se fue.
Y así fue. El del teléfono se convirtió en mi sonido favorito. Venía de vez en cuando, en lo que salía del trabajo. En la nevera siempre tenía una botella de aquel vino que trajo. Nunca terminábamos de tomarnos la botella.
Hace cinco días que no viene. No sé cuanto tiempo seguirá tapando esto. Ella sigue enamorándose de él. No la culpo. Pero la odio. Yo también quisiera pasar mis manos por su rostro sin tener que esconderme. Esconder lo que siento. Esconder lo que ambos somos. Dos hombres que se aman, que quieren estar juntos, pero que el miedo no lo permite.
Seguiré esperando. Mientras el esté sentado en la silla de su balcón. Esperando a que ella llegué. Para seguir mintiéndole, mintiéndose. Al atardecer, como siempre.
De pronto, él se levanta sobresaltado. Se dirige a la puerta y al rato se ven tras las suaves cortinas como se dan ese profundo abrazo. Como siempre. Sus brazos alrededor de ella. Mis celos nunca podrán ser tan grandes. La muy puta le acaricia el rostro. Ese rostro que hace cinco días se despertó conmigo. Cubierto del rocío que nos había dejado la ardiente noche juntos.
Llevaba meses persiguiéndolo. Me encantaba que se hiciera el indiferente. Conseguí su teléfono y hablamos. Le pedí que fuéramos amigos y lo invité a mi casa a comer. Él aceptó y esa misma tarde pasó por mi casa y llevó una botella de vino. Le preparé una cena deliciosa. Cuando llegó lo invité a pasar a la sala, tomé el vino que me trajo y lo guarde en la nevera y le ofrecí una copa del que ya tenía enfriando. No se cómo pasó, pero no pude evitar robarle un beso. Él me respondió y de hecho, me tomó la cara con sus gruesas manos y me beso, creo que mucho mas profundo de lo que lo hace con ella. Empecé a quitarle la chaqueta y él, se unió en el ritual de desvestirme.
El esclavo y el amo. Me apretó una muñeca contra la otra y sentí como me lo hacía indecorosamente. Me pedía que le gritara cosas. Yo le obedecía y le agregaba los gemidos que me regalaba. Mi amarga obsesión desde hace meses, ahí estaba proporcionando algo que no pedí con las palabras, pero que tampoco hacía falta gastar saliva en algo que estaba a la vista. Lo sentí cada vez mas profundo, mas intenso…
Sus manos se apoyaron en mi espalda. Buscaba el apoyo para sus piernas que temblaban más y más. Se acercaba el fin de la noche y el principio del todo. Nuestros cuerpos se llenaban de orgasmos y de nervios cansados, pero satisfechos. De humedad. De calor. De arrepentimiento, tal vez (él, por supuesto). Cuando nuestros cuerpos volvieron en sí, busqué sus labios, pero los de él no querían saber nada de los míos. No pude contener dos lágrimas de dolor en mis mejillas. Él se vistió y se fue, con pedazos de mi corazón. Y en el medio de mi sala estaba, debatiéndome entre el amor y el odio de los restos de su sudor.
Pasó como unas dos semanas. Estaba frente a mi ventana, como siempre. ¿Por qué no se asomaba? Lo hacía todos los días antes de nuestro confuso encuentro. Necesitaba siquiera el simple dolor de verlo tan cerca, sin poder tenerlo. Necesitaba mantener mis emociones dirigidas a él. Esperen. De nuevo veo su sombra pasearse por las cortinas. El desagradable sabor de este amargo amor no correspondido me llenaba de vida otra vez. ¿A dónde irá?
Pasaron como cinco minutos cuando escucho mi puerta. Era él. Y otra vez estábamos. Amo y esclavo. Todo ocurrió como la primera vez. Cuando terminó sólo dirigí mi mirada a la ventana, tratando de defenderme de la envestida dolorosa que me resultaba no despedirme de sus labios. Pero esta vez, él tomó mi rostro entre sus manos otra vez, y un simple roce se convirtió en la gloria para mí. Me dijo: “La próxima vez te aviso”.
Y con las mismas se levantó, se vistió y se fue.
Y así fue. El del teléfono se convirtió en mi sonido favorito. Venía de vez en cuando, en lo que salía del trabajo. En la nevera siempre tenía una botella de aquel vino que trajo. Nunca terminábamos de tomarnos la botella.
Hace cinco días que no viene. No sé cuanto tiempo seguirá tapando esto. Ella sigue enamorándose de él. No la culpo. Pero la odio. Yo también quisiera pasar mis manos por su rostro sin tener que esconderme. Esconder lo que siento. Esconder lo que ambos somos. Dos hombres que se aman, que quieren estar juntos, pero que el miedo no lo permite.
Seguiré esperando. Mientras el esté sentado en la silla de su balcón. Esperando a que ella llegué. Para seguir mintiéndole, mintiéndose. Al atardecer, como siempre.
(Imagen: "Longing" By Aenkill www.deviantart.com)

Tare que excelente!
ResponderEliminarMe encantó, sobre todo el final, es inesperado!