domingo, 19 de abril de 2009

Dedos de seda


La soledad inundaba mi casa. Yo acababa de llegar del trabajo cansada, con el objetivo de darme un baño, tomarme una taza de té continuar con el libro que hace dos semanas empecé y sobre todo escuchar el silencio que tanto agradecía después de atravesar todo el bullicio de esta desastrosa ciudad. La soledad de mi casa era mi único remedio para no colapsar. Estaba a punto de llamar a mi amante de turno, que con sus increíbles movimientos lograba quitarme la tensión de todo un día, pero el sólo pensar en buscar lencería fina para esperarlo me hizo desistir de la idea.

Después de salir de la ducha me dediqué a colocarme ese montón de cremas y aceites que compré hace meses para mantener la piel suave. Las coloqué todas en el orden de cómo iba a ponérmelas en la mesita que se encontraba al lado de mi espejo cuerpo completo. Me quite la bata de baño, y empecé con mi olvidado tratamiento de belleza.

A medida de que me la colocaba, mi piel se tornaba suave, brillante, y mis manos cada vez se deslizaban con mayor facilidad. Me dedique a contemplar un rato lo deseoso que se veía mi cuerpo en ese momento. Noté como de pronto empecé a transpirar, como mi respiración se hacía más rápida. Creo que mi piel abrió la puerta de uno de los momentos de aislamiento que más disfrutaba. Acto seguido, aproveché la suavidad de mis dedos en ese momento para deslizarlos dentro y hundirme en mi momento de placer, solo para mí, para nadie mas. ¿Egoísta? Algo, si…

Cerré mis ojos, y sentía mis cómo mis manos cobraban voluntad propia y me regalaban aquel momento de lapsus libidus. Ahí, paraba ante el espejo, ofrecía ese espectáculo de gemidos a mi único espectador, mi reflejo. Terminé con mis piernas desmayadas, apoyada de la mesa que sostenía todas mis lociones. Sentí mis músculos relajados, cómo si me hubiese saltado la jornada diaria por varios días. Una vez más agradecí encontrarme sola después de más de 12 horas estresantes.

Siempre habrá un amante que te bese como nunca te han besado y que te enloquezca con sus técnicas a la hora de “amar”, pero no existirán jamás manos que te toquen mejor que las tuyas.


(Imagen: "satin lips" By Valeriusana http://www.deviantart.com/)

sábado, 11 de abril de 2009

Poseídos, conectados...


Estábamos en medio de una gran pelea. Él gritaba, yo gritaba. Cómo dos necios queríamos imponernos, pero en medio del alboroto no podíamos escuchar ni nuestros propios argumentos. Estaba tan cegada que ni me acuerdo cual era la razón de la riña. Los gritos se hicieron más fuertes. Los gestos más violentos. La razón se había escapado de la habitación esperando que nosotros encontráramos una solución a todo aquello.

En un momento, creo haberle dicho algo que realmente lo molestó, porque me tomó por un brazo tan fuertemente, que sentía sus dedos fundirse con piel. Por un instante creí que otro ser había poseído su cuerpo. Desconocido, furioso, con la única meta en mente de verme, no sé, tal vez herida, humillada. Extrañamente, la única sensación que esperaba en ese momento no se manifestó, otro sentimiento estremeció mi cuerpo, como si un segundo ser tomara mi lugar hambriento de algo a lo que no estoy acostumbrada. Estábamos, ahí, los dos, dominados por un poder mas fuerte que la razón, con un ardor fuera de lo normal.

Me soltó el brazo y se apartó, todavía con esa mirada endemoniada en el rostro. Me miraba cómo si encontrara en mis ojos un espejo donde se reflejaba el mismo deseo incontrolable, sucio, sádico, humillante. Inconscientemente volví a gritarle y llegué al punto que no sabía si en realidad estaba juntando las letras correctamente. Gritaba y gritaba. Demandando no sé qué…

Creo que el obedeció a una orden que venía no de mis gritos, sino de algo más allá que me obligaba ser, hacer y querer algo que jamás había sido, hecho ó querido. Me tomó nuevamente, esta vez por ambos brazos y me arrojó al suelo y de ahí no es mucho lo que recuerdo…

La tenía allí, a mi merced, nunca en mi vida había visto alguien así, con tanto fuego por dentro. La conciencia, la razón, la moral y todo la que la pudo detener antes habían abandonado su cuerpo. Pedía ser castigada, ser humillada. Le quité la ropa sin importarme si se rompía o no. La arrodillé ante mí y la “obligue” a chuparse todo mi pene. La jalaba del cabello hacia mí…

Lo chupaba violentamente. Su sabor era indescriptible. Lo mordía suavemente a veces…

Sentía sus dientes mordisqueando. Cuando estaba por acabar ella intentó sacárselo de la boca, pero yo la forcé a tragárselo todo. Tampoco se quejó mucho. Cuando terminó me arañaba la cara, el pecho, las piernas, como pidiendo más y más. En un momento me encontré entre sus piernas, saboreándome todo lo que salía de ella. Su pieza única de sabor agridulce.

Sentí su lengua entre mis piernas. La movía mejor que cuando está en mi boca…

Me deleité con la humedad que me avisó que ella había acabado. La dejé descansar por unos segundos y me volví a apoderar de ella. Sin previó aviso, la penetré como lo quise haber hecho con mi lengua. Sentí lo mas profundo de su cuerpo y ella trataba de zafarse, no de mí, sino de lo que se había convertido. La atraía hacia mí con el deseo de llegar más allá. Su cuerpo se sacudía de placer, pero también luchaba por salir de ese mundo en el que habíamos quedado atrapados. Yo la volví a jalar del cabello y esta vez ella respondió y empezó a tirar de los pequeños mechones que salían de mi cabeza y como vio que no tenía el resultado que quería, me mordía en donde la posición que teníamos le daba acceso. Esos mordiscos producían electricidad en cada uno de los nervios de mi cuerpo.

Le mordía la piel, tratando de que parara, aunque esa fuerza impedía que me desistiera…

Sentía como el volcán que estaba entre nosotros se preparaba para explotar en cualquier momento. Me tomé un poco de la cordura que había tirado a la basura instantes atrás. La miré a los ojos y descubrí que ella miraba a los míos, nos encontramos en un momento mínimo de arrepentimiento, pero inconcientemente sabíamos que no quedaba otro remedio que terminar todo aquel goce desastroso. Nos rendimos ante la explosión del volcán y sentí como nuestros cuerpos se desmoronaban cansados, sudorosos, corruptos…

Las piernas aún me temblaban cuando todo aquello terminó. De toda la gritería anterior no quedaba ni rastro. Los dos recogimos nuestras ropas y nos vestíamos en el más incómodo silencio. El trató de besarme, pero en este momento, ningún gesto legítimo de cariño o amor, mi cuerpo estaba dispuesto a asimilar.

Los dos nos sentamos uno al lado del otro, tratando juntar nuestras mentes para comprender de alguna manera todo lo que había pasado, pero ninguno mencionó palabra alguna. “¿Esto lo arruinaría todo?” me preguntaba.

“No, no lo arruinara”, pensé.
(Imagen: "Passion" by lydia1993 www.deviantart.com)