
Estaba en la casa de mi amigo Guillermo. Habíamos trabajado toda la noche en un trabajo para la universidad y nos acostamos ya cuando el sol salía, pero yo no podía dormir, en cambio Guille se rindió a los cinco segundos de poner la cabeza en la almohada. Escuche afuera de la habitación como salía la hermana y el papá, a estudiar y trabajar respectivamente, y la señora de la casa arreglaba la cocina mientras veía uno de esos programas donde la gente va a contar sus problemas y se caen a coñazos. Nunca le he dicho esto a mi amigo, pero su mamá para haber pasado los 40 se veía muy bien. Cada vez que la veía me recordaba a Samantha Jones de Sex and the City, además tenia un estilo increíble para vestirse, era completamente abierta y moderna para hablar frente a sus hijos de los temas mas tabúes que se puedan imaginar. La mujer perfecta diría yo.
Seguía dando vueltas en la cama mientras veía a Guillermo babear como un perro la almohada. Me dí cuenta de que era inútil. Mis ojos no se cerrarían por nada del mundo, así que decidí salir del cuarto, tal vez para hablar con la señora acerca de, no sé, lo que sea.
Salí del cuarto y me dirigí hasta la cocina, y ahí estaba ella, con una franelilla y un mono a juego que hacía ver sus hermosas curvas que serían la envidia de cualquier modelo oxigenada. Tenía su cabellera castaña recogida con una cola, un castigo para mi, porque dejaba expuestas las pecas que le adornan los hombros y una pequeña rosa tatuada en el lado derecho.
- ¡Buen día! – rompí el silencio de mi momento vouyerista.
- ¡Hola! ¿Cómo amaneciste? – me dijo amablemente.
- Despierto – le contesté.
- ¿No has dormido nada? – Preguntó preocupada - ¿Quieres que te haga un té y así duermes un ratito?
- No gracias – respondí – de todos modos tengo que irme dentro de un rato.
- Ok. Por lo menos déjame ofrecerte algo de comer. ¿Qué prefieres? ¿Jugo? ¿Café? – me dijo.
- (“A usted”, pensé) Un vaso de jugo estará bien, gracias – le respondí.
Empezó a prepararme un desayuno y se movía de un lado a otro. Abría la nevera y a cada rato se inclinaba para agarrar los ingredientes que necesitaba del cajón de abajo. Y yo feliz. También hablaba de lo que le molestaba ese programa que estaban pasando en ese momento, pero que no tenía otra opción porque tenía problemas con el cable. Y yo solo asentía, y le daba respuestas automáticas. Ella me sonreía siempre y yo me sentía tan mal de querer arrancarle la ropa a pocos metros de mi amigo, pero era inevitable. De pronto, me dijo: “Listo cariño, ven a la mesa”.
Cuando me levante del banquito donde estaba, noté que ella dirigió su mirada a mi entrepierna. Bajé la mirada y note cómo quedaba expuesto mi deseo con una erección de campeonato. No me dio tiempo ni de sonrojarme, pues ella me jaló de la mano y me pegó con fuerza en la puerta de la misma nevera de donde había sacado los ingredientes de mi sándwich. Deslizó mi pantalón hacía abajo y con una mirada hambrienta empezó a darme un oral a mi pene como jamás me lo habían dado. Lo sacaba y lo metía en su boca repetidamente. También le daba chupadas fuertes, pero también paseaba la punta por sus dientes, como con ganas de intimidarme, y yo sudaba de placer y de miedo (esperaba que Guillermo siguiera humedeciendo la almohada).
Cuando estaba ya punto de acabar ella se dio cuenta, porque se lo sacó de la boca al mismo tiempo que yo la llenaba de fluidos en la cara, en el pecho, y de nuevo, en la boca. Había llegado al cielo con esa imagen enfrente. Ella se limpió y me dijo: “Gracias. Tenía tanta hambre. Ahora tú siéntate a comer”.
Me senté a comer y cuando estaba por terminar salio Guillermo del cuarto se sentó en la mesa, todavía con esa cara de sueño. Ella le sirvió la comida mientras le preguntaba de nuestro trabajo. Él hablaba y hablaba y por momentos me preguntaba cosas, yo le respondía con monosílabos y sin verlo a la cara, no podía. El terminó su desayuno y dijo que iba a bañarse. Y yo me quedé solo otra vez con la señora de la casa. Me dijo: “Él tiene que salir por la tarde, ¿Por qué no te pasas por aquí y me das de comer otra vez?
“¡Si!”. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era algo de un rato y no lo volvería hacer, Guillermo era mi amigo y no podía hacerle eso.
Tres semanas después…
- Guillermo se va de viaje con su papá y su hermana a la casa de su abuela, ¿Te parece que nos encontremos en el hotelito de la otra vez?
¿Qué les puedo decir?La carne es débil señores.
(Imágen: The Noose. By ForBlueBlueSkiies http://www.deviantart.com/)

