miércoles, 25 de marzo de 2009

MILF.


Estaba en la casa de mi amigo Guillermo. Habíamos trabajado toda la noche en un trabajo para la universidad y nos acostamos ya cuando el sol salía, pero yo no podía dormir, en cambio Guille se rindió a los cinco segundos de poner la cabeza en la almohada. Escuche afuera de la habitación como salía la hermana y el papá, a estudiar y trabajar respectivamente, y la señora de la casa arreglaba la cocina mientras veía uno de esos programas donde la gente va a contar sus problemas y se caen a coñazos. Nunca le he dicho esto a mi amigo, pero su mamá para haber pasado los 40 se veía muy bien. Cada vez que la veía me recordaba a Samantha Jones de Sex and the City, además tenia un estilo increíble para vestirse, era completamente abierta y moderna para hablar frente a sus hijos de los temas mas tabúes que se puedan imaginar. La mujer perfecta diría yo.

Seguía dando vueltas en la cama mientras veía a Guillermo babear como un perro la almohada. Me dí cuenta de que era inútil. Mis ojos no se cerrarían por nada del mundo, así que decidí salir del cuarto, tal vez para hablar con la señora acerca de, no sé, lo que sea.

Salí del cuarto y me dirigí hasta la cocina, y ahí estaba ella, con una franelilla y un mono a juego que hacía ver sus hermosas curvas que serían la envidia de cualquier modelo oxigenada. Tenía su cabellera castaña recogida con una cola, un castigo para mi, porque dejaba expuestas las pecas que le adornan los hombros y una pequeña rosa tatuada en el lado derecho.

- ¡Buen día! – rompí el silencio de mi momento vouyerista.
- ¡Hola! ¿Cómo amaneciste? – me dijo amablemente.
- Despierto – le contesté.
- ¿No has dormido nada? – Preguntó preocupada - ¿Quieres que te haga un té y así duermes un ratito?
- No gracias – respondí – de todos modos tengo que irme dentro de un rato.
- Ok. Por lo menos déjame ofrecerte algo de comer. ¿Qué prefieres? ¿Jugo? ¿Café? – me dijo.
- (“A usted”, pensé) Un vaso de jugo estará bien, gracias – le respondí.

Empezó a prepararme un desayuno y se movía de un lado a otro. Abría la nevera y a cada rato se inclinaba para agarrar los ingredientes que necesitaba del cajón de abajo. Y yo feliz. También hablaba de lo que le molestaba ese programa que estaban pasando en ese momento, pero que no tenía otra opción porque tenía problemas con el cable. Y yo solo asentía, y le daba respuestas automáticas. Ella me sonreía siempre y yo me sentía tan mal de querer arrancarle la ropa a pocos metros de mi amigo, pero era inevitable. De pronto, me dijo: “Listo cariño, ven a la mesa”.

Cuando me levante del banquito donde estaba, noté que ella dirigió su mirada a mi entrepierna. Bajé la mirada y note cómo quedaba expuesto mi deseo con una erección de campeonato. No me dio tiempo ni de sonrojarme, pues ella me jaló de la mano y me pegó con fuerza en la puerta de la misma nevera de donde había sacado los ingredientes de mi sándwich. Deslizó mi pantalón hacía abajo y con una mirada hambrienta empezó a darme un oral a mi pene como jamás me lo habían dado. Lo sacaba y lo metía en su boca repetidamente. También le daba chupadas fuertes, pero también paseaba la punta por sus dientes, como con ganas de intimidarme, y yo sudaba de placer y de miedo (esperaba que Guillermo siguiera humedeciendo la almohada).

Cuando estaba ya punto de acabar ella se dio cuenta, porque se lo sacó de la boca al mismo tiempo que yo la llenaba de fluidos en la cara, en el pecho, y de nuevo, en la boca. Había llegado al cielo con esa imagen enfrente. Ella se limpió y me dijo: “Gracias. Tenía tanta hambre. Ahora tú siéntate a comer”.

Me senté a comer y cuando estaba por terminar salio Guillermo del cuarto se sentó en la mesa, todavía con esa cara de sueño. Ella le sirvió la comida mientras le preguntaba de nuestro trabajo. Él hablaba y hablaba y por momentos me preguntaba cosas, yo le respondía con monosílabos y sin verlo a la cara, no podía. El terminó su desayuno y dijo que iba a bañarse. Y yo me quedé solo otra vez con la señora de la casa. Me dijo: “Él tiene que salir por la tarde, ¿Por qué no te pasas por aquí y me das de comer otra vez?

“¡Si!”. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era algo de un rato y no lo volvería hacer, Guillermo era mi amigo y no podía hacerle eso.

Tres semanas después…

- Guillermo se va de viaje con su papá y su hermana a la casa de su abuela, ¿Te parece que nos encontremos en el hotelito de la otra vez?

¿Qué les puedo decir?La carne es débil señores.

(Imágen: The Noose. By ForBlueBlueSkiies http://www.deviantart.com/)

domingo, 22 de marzo de 2009

Entre lo dulce y lo amargo.


Estaba sudando más de lo normal. Acabábamos de salir del club al que me obligó a ir con todos sus compañeros de clases. Uno de esos locales en donde tú pinta tiene que sobrepasar el sueldo mínimo. No se que se me metió es anoche o era la bebida o la música barata pero pegajosa, pero mis piernas desobedecieron a mi cerebro y se entregaron a la danza pre-coito que el destino me había preparado.

Cuando él se despidió de sus amigos, nos dirigimos hacía el carro y una de sus amigas le pidió la cola. Yo no me opuse porque durante la noche estuve hablando con ella y me había caído muy bien. De hecho ella me comentó que tampoco le gustaban mucho esos sitios, pero que a veces era imposible no entregarse al ritmo propio de esos lugares. Entramos y puso el aire acondicionado y una música relajante (supongo que para que nuestros oídos se limpiaran de aquellos sencillos de radio, de esas canciones de novela). Empezó a preguntarnos si la habíamos pasado bien y yo entre dientes dije: “Si”. Como odio tener que retractarme de mi griterío de las seis de la tarde cuando me negaba “rotundamente” a acompañarlo a pulir la hebilla. Ella en la parte de atrás permanecía callada. Se sonrió satisfecho, orgulloso de siempre doblegarme ante sus pedidos.

“La venganza es dulce”, pensé.

Con el concentrado en la ruta, empecé a decirle el calor que tenía, que el vestido estaba todo mojado y que se me pegaba al cuerpo y que la ropa interior me incomodaba, y con una maniobra me quite el sostén y lo arroje a sus piernas. El bajó la mirada y sonrió y una gota de sudor bajo nació de sus espeso cabello y se deslizó por su sien. Poco a poco fui deslizando mi panty hacía abajo, la tomé y la tiré en el mismo lugar.

Él, con la mirada en el camino, temblaba y el sólo hecho de tenerme a la distancia de un vestido violeta lo hacía respirar aceleradamente. Cuando vi la vía despejada le dije: “Detente”. El frenó cual Rápido y Furioso y se acerco hacía mi, pero yo lo detuve con una mano, abrí la puerta y me senté en el asiento de atrás. Él desconcertado preguntó: “¿Qué haces?” a lo que le respondí: “Cállate y maneja, ya lo veras en el camino”. El encendió el auto y continúo manejando mientras me enredaba con su amiga en un maratón de besos que subieron la temperatura del carro a pesar del aire acondicionado. Mi amante improvisada quizás me leyó la mente y se unió conmigo al juego, tal vez porque en verdad disfrutaba de eso y ya estaba acostumbrada a compartir fluidos con otra fémina o simplemente complicidad en mi deseo de “vengarme” de mi hombre que mientras manejaba con los ojos abiertos como platos casi nos mataba porque perdía cada cinco segundos el control del carro.

Narrar todo lo que pasó en el asiento trasero camino a su casa es castigar a la imaginación, aunque no hay que ser muy sabios para entender que las dos no olvidamos por momentos de mi tácito plan para empaparnos en lo que sentíamos al probarnos una a la otra y que tuviéramos un espectador que lejos de estar molesto, disfrutaba de todo aquello y si se puede, mas que nosotras.


Cuando llegamos a la puerta de su edificio, me despedí de ella con un beso en la mejilla y cuando se apartó le guiñe el ojo, como agradeciéndole su solidaridad. Ella se despidió del “chofer” diciéndole: “Ahí te la dejo, termina tu el trabajo”.

Ella entró a su edificio mientras él bajaba del carro y se unía conmigo en el asiento de atrás. Me preguntó: “¿Qué fue todo eso?” y su voz delataba la emoción. Yo respondí: “Eso no fue nada. ¿No te dijo ella que terminaras el trabajo?”. Y ahí mismo, me quitó la dulzura de los labios de su amiga para darme toda esa amargura de hombre, que tanto me volvía loca.

(Imagen: "22 22 22 22 22" By bafa48 www.deviantart.com)