
Recuerdo el día en el que ella llegó a la tienda. Yo estaba desde lejos en uno de los estantes y la notaba nerviosa tras un suéter negro de capucha, era obvio que se ocultaba de algo, de todos. La vi escudriñar con la vista todos los estantes del establecimiento y de pronto divisó el lugar donde me encontraba junto a mis otros compañeros. Se dirigió hacía nosotros con paso apresurado y meditó unos escasos minutos sobre cual de nosotros elegiría.
Con un movimiento rápido (y para mi sorpresa) agarró la caja que me resguardaba, se dirigió a la caja y pago velozmente, y en segundos me encontraba dentro de su bolso, entre un pedazo de tela y libretas de universitaria. En ese espacio tan oscuro y reducido “temblaba” de miedo, sabía lo que venía a continuación, la primera vez de la que todos hablan y por la rapidez que noté en sus pasos, supe que ella también estaba ansiosa, tal vez por la misma inexperiencia que la que yo padecía. De pronto se detuvo, escuché una puerta abrirse y cerrarse en segundos y nuevamente otra puerta con el mismo procedimiento. Y luego, la luz…
Mi dueña me sacó del bolso, abrió la caja y salí de ella mostrándole toda mi extensión de esplendor, me dejo por unos segundos en la cama (creo que fue a cerciorarse de que la casa estaba sola). Luego volvió junto a mi me tomó en sus manos, y me daba vueltas y vueltas, cómo que no se creía que había gastado en algo que tal vez en otro momento podría conseguir gratis. Dejó de pensar y pasó lo que tuvo que pasar…
Cuando terminamos percibí la satisfacción en su forma de respirar. Yo me sentía orgulloso, como se deben sentir los demás cuando cumplen las expectativas en tamaños y movimientos. Ella me guardo en un cajón, y yo quedé esperando nuestro próximo encuentro. Tuve que esperar demasiado.
Pasé mucho tiempo en esa oscuridad. Pensaba que no la había complacido del todo. Había escuchado muchas veces que ellas suelen fingir y me aterrorizaba que lo hubiera hecho conmigo. Era mi primera vez y estaba nervioso, pero yo sabía que podía mejorar, digo, yo tenía una variedad increíble de velocidades. Pero sabía que tal vez otro encuentro estaba bastante lejano o tal vez no sucedería nunca mas, a juzgar por los ruidos de afuera estaba claro que había encontrado otro que lo hacía mejor que yo. Otro juguete con el paquete completo, con las caricias, con los susurros, con los besos, con la voluntad propia de darle placer…
Cuando ya me había hecho la idea de que viviría en ese cajón por toda la eternidad, escuche un sollozo afuera, a lo lejos. Al instante, algo azotó la puerta. El estar tan corto tiempo allá afuera no me dio la oportunidad de acostumbrarme a los ruidos así que no pude distinguir a que se debía todo ese bullicio. Al rato de todo aquello, una luz cegadora invadió el pequeño espacio donde me encontraba, seguida de una cara que me enamoró desde que entró aquella tarde a la tienda. Ahí estaba ella, mi dueña, que con unos ojos algo húmedos me miró, y su mirada pedía disculpas. No era necesario, mi condición no permitía enojarme con ella, estaba hecho para suministrar placer cuando el que pagara por mi lo necesitara. Como cuando los viejos amigos se encuentran y se cuentan las penas. Pues yo no la escucharía, pero la consolaría muy bien. Me tomó entre sus manos y, bueno, lo que pasó es obvio, pero queda entre nosotros dos…
(Imagen: "Sexuality Portrait Zoe" by neb8neb. www.deviantart.com )

